El gusto que tenía el café no era su sabor, aunque sí lo fuera, y permítaseme la incoherencia, claro que un buen café lo es. Su esencia y lo que transmite al paladar y el bienestar solo lo sabe el que es asiduo tomador; pero hay un café más sabroso: el compartido, el que se toma al lado de esa persona, que coincide con el gusto del café y la buena conversa.

 

Ellas se escapaban de las obligaciones nada más que para disfrutar ese rato de fragancia y beneplácito que les daba, no importa que estuvieran paradas frente al mostrador; un aromático café se toma como sea, y ahí, en ese reducido espacio, sin avizorar un posible distanciamiento, ambas coincidían en catar la magia de la buena infusión.

 

Eran las amigas del café, de la conversa y la promesa de una nueva taza, porque paladearlo no solo produce un goce instantáneo de sabores, sino una sensación de que en otro momento, en otra tarde cualquiera, sentarse con la excusa de tomarlo era la promesa de una charla amena, llena de risas y recuerdos.

 

Ahora la amiga está distante, en un país más frío, donde saboreará el mágico líquido con la necesidad del calor del cuerpo, y quizá, con los ojos entornados evoque aquellos momentos con la hermana, con la vecina, y con la comadre-amiga, que leía sus líneas sobre el espíritu del café y con quien además podía hablar por horas del “tutti frutti” diario, como solían decir.

 

Ella sabe que la que se quedó al otro lado del río, cada tarde al calor del afamado líquido, suspira por la conversación perdida, porque esa sensación de saborear poco a poco e ir desandando cuentos, solo se provoca cuando las buenas amigas conversan.
Imagen principal: acuarela elaborada por la autora. Foto tomada con un teléfono samsung wabe s525.

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