No podríamos decir que se tratara de un pueblo triste, porque es todo lo contrario lo que define a la gente de este lugar. Un constante alboroto, envuelve el acontecer diario, los nativos matizan el calor y la distancia con la charla dicharachera. Olvidados de las políticas de estado han sobrevivido a su manera y se han acostumbrado al declive de su ciudad casi sin darse cuenta.

 

A un grupo de entusiastas empresarios extranjeros se le ocurrió un día crear una franquicia e inscribir un equipo de baloncesto en los campeonatos nacionales. Trajeron jugadores de afuera, hombres altos que contrastaban con los lugareños cuyo promedio de estatura pasaba apenas el 1.60 cms. Pronto se volvieron una atracción, pasear por las calles y conseguir cantidades de sonrisas y ojos curiosos era lo común.

 

Comenzaron los partidos, buena publicidad y transmisión radial; muy pronto la ciudad entera conocía en detalle el nombre y nacionalidad de cada jugador y su puntuación e historial deportivo. Una fanaticada se creó casi espontáneamente. Asistir a un partido era conocer los deportistas y sus excelentes jugadas, pero sobre todo era llenarse de la efervescencia de un público que con un bullicio infernal se constituía en un jugador más. Hacer silencio total para que su jugador estrella lanzara la pelota y explotar en algarabía cuando este metía una cesta de tres era todo un espectáculo que erizaba la piel.

Como todo lo que nace, esta iniciativa fracasó y no se mantuvo sino por pocas temporadas, dejando en el pueblo el sabor grato de cuando una vez tuvieron un equipo de baloncesto en la ciudad y que siga la fiesta.
Hoy 23 de julio de 2020 @latino.romano invita a escribir durante cinco minutos con la motivación de la palabra «baloncesto», puedes leer más aquí.

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