Qué viva la reina, crónicas culinarias en tiempos de debacle o qué hacer cuando la situación apremia

Una de las cosas que más me ha costado desde que estoy en la blockchain es la elaboración de los títulos. Pero este creo que será el primero que coincida realmente con lo que quiero mostrar aquí.

 

Este no es un post de cocina propiamente dicho, dado el caso de que no pretendo dar una receta como tal, sino una solución a un problema culinario.

 

Comer es a una de las mañas que no pueden dejarse, y digo así porque pareciera que existe un interés en que nos olvidemos, cada vez más, de ciertos alimentos y nutrientes que hasta hace un tiempo se decían necesarios para la vida.

 

Nuestro trompo de los alimentos pasó a ser zaranda y pasa en volandas por doquier, dejando a cada uno cada día más confundido, acerca de qué comer y cómo  preparar los alimentos.

 

Todo esto viene al caso porque ayer llegó la bolsa a nuestro hogar. Entiendo que hay una gran cantidad de venezolanos en esta red,  para quienes no hace falta abonar en el asunto, pero por si acaso me lee alguien de afuera, esto es el paquete de alimentos que distribuye el comité locales de alimentación y producción cada mes, en el mejor de los casos.

 

En la misma llegó una harina precocida de maíz de la cual ya había tenido referencias por la mala calidad de la misma, su nombre, Reinarepa. “Si no le gusta no se la coma” es la respuesta grosera,  que sale de las fauces de quienes piensan que al pueblo se le hace un favor, al vender con un precio simbólico de 71 bolívares un conjunto de productos cuyo precio real es superior, pero que no compensa la canasta básica.

 

Pero vamos a lo que vine. El pueblo humillado debe comer y hacerlo en condiciones favorables que le den salud y bienestar. Ya había oído  que la harina en cuestión da unas arepas cuya dureza estaría bien si se fuese a utilizar en albañilería como sustituta del cemento.

 

Hacemos de tripas corazón y procedemos a elaborar unas hallaquitas. Decía mi mamá: “hasta las piedras son sabrosas si se les aliña bien”. Eso hice, rendí con otra harina de mejor consistencia un poco de esa harina amarilla, e hice un guiso con ají, cebollas, aliños y aceitunas y lo dejé bastante flojito. Hasta este momento no había considerado la idea de hacer un post de esto, por lo que no tomé fotografías del proceso de amasado.

Luego procedí a confeccionar cada hallaquita, ya dije que estaba bastante suave la masa, tanto que debía colocarla con cucharilla en cada hoja de maíz.

 

Una vez las tuve listas procedí a llevarlas a la cocción y esperé el tiempo necesario.

 

Bien caliente abrí una y le coloqué una brisa de queso.

La probé y sí efectivamente se había endurecido bastante, lo que me lleva a pensar que si la hubiese hecho sola sin rendirla con otra harina la cuestión habría estado peor.

 

De gusto muy rica, mi mamá tenía razón, pero la textura hace pensar que en un futuro habrá que incorporar otros elementos que den más suavidad. Intentaré hacer las arepitas de calabacín que tanto me gustan. Ya les contaré.

Contenido original

Imágenes propias tomadas para la ocasión con un teléfono Sansung de inteligencia promedio.


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