Estoy intentando escribir acerca de las despedidas, esas que se dan con apremio por las circunstancias, las que la sociedad demanda para que la vida siga sin tropiezos, pero al llegar a la tercera línea, llego al convencimiento de que ellas tampoco existen. Forman parte de la inmensa lista de palabras creadas para definir nada. No es posible despedirse de lo que ya no está, ni nunca estuvo, ni de nadie. Siguen allí en los escritos ininteligibles para los extraños, (como tú que lees este texto), en las notas de voz autoimpuestas en el cerebro, que en murmullos aparecen con sus tonos amañandos, lastimeros o cantarinos, todo depende de la presencia que invoquemos.

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Siguen allí y seguirán por siempre. ¿A quién se le ocurrió hablar primero de ellas? De las despedidas, insisto: si cada vez que amanezca, al primer sorbo del café, tintinearán la taza como si nada hubiera ocurrido, como si la muerte no hubiera pintado de gris las frentes, o sellado los labios de los que nos antecedieron.

 

No se van, no se irán, están tatuados en líneas finas e indelebles, que solo los afligidos podemos ver; cada quien carga su propio mapa de cicatrices con sus pérdidas a cuesta. Desde la madre casi adolescente, que lloró la muerte prematura de su hijo, y arrugó parte de su corazón para construirle su propio mausoleo; hasta la anciana aquella, que en volutas blancas de su tabaco dejaba esparcir no solo el viciado aroma sino también los suspiros de lo que no fue, pero que tampoco despidió.

 

No vale de nada un escrito o la conversación sentida donde se expongan las excusas, los acuerdos y las peticiones de olvido, si una vez cruzada la puerta, en ruidoso silencio se regresará, abrirá sin sigilo y se sentará a tu lado a relatarte de nuevo una a una cada una de las palabras de su lapidario discurso. Harás esfuerzos por hilarlo y escucharlo otra vez como si recién lo hubieses oído y una noche cualquiera se instalará en tu subconsciente a recitarte de nuevo con las mismas voces la misma cantaleta, dueño de tu memoria, dueño de tus decisiones.

No hay olvido, este también está en la lista de las palabras engañosas. Aprenderás la rara danza para poder llevarlos a cuesta sin que se caiga ninguno, porque la historia de lo que fuiste, eres y serás, depende de ellos y lo que tú hiciste con lo vivido.
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