Muestro por aquí mi participación en la invitación a escribir por cinco minutos que hace @latino.romano aquí.

Nunca le puse nombre, siempre quise tener un gato que se llamara Demóstenes, Espanto, Benito o Cucho así como uno de los de la comiquita de Don Gato y su pandilla, pero no, Pepe, Pepín, Lugo, Roco, Lucho y otros que no recuerdo fueron desfilando, hasta que dejé de ponerles nombre, y solo se llamaban “gato”; siempre se iban, nunca llegaban al año conmigo, cuando crecían se subían al palo de mango, de ahí pasaban al techo y luego la calle se ofrecía con todos sus misterios y los capturaba. ¿A dónde se iban? Nunca lo supe.

 

Este nació de una gata que se llamó Lupita, fue bastante consentido y parecía que iba a ser más hogareño, se pasaba las horas durmiendo y con mirada lagañosa enfrentaba la mía como diciendo ¿hoy no me piensas dar comida?, era bastante flojo. Veía a los ratones y ni una oreja movía. Un día sentimos los ruidos en el techo, se estaba peleando con algún otro gato que venía a visitar a Lupita. A la mañana siguiente no apareció y lo di por perdido. Siempre era igual.

Un día, ya había pasado dos meses desde la última vez que lo vimos, lo recuerdo bien porque estábamos esperando que se cocinaran las hallacas, cuando escuchamos la pelea, ya estaba iniciando marzo, cuando llegó; lo reconocí enseguida. El gato perdido llegó con una pata ensangrentada y una herida que requería atención. El veterinario me cobró ciento cincuenta mil bolívares y le agarró tres puntos que había que curar diariamente. A los pocos días estuvo de nuevo sano y con buen movimiento de su pata mala. Esa noche volvió a agarrar calle y no lo vi más.
Imagen principal un dibujo a creyón que hice del gato
del cuento, hace algún tiempo.
La otra es imagen de archivo personal de una fotografía del mismo gato.

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