Divagaciones en un domingo perpetuo

 

 

 

No sé qué tiene el domingo que aún en tiempo de cuarentena sigue saliéndose de la ya ajada cotidianidad y vuelve a presentarse tan él, tan diáfano,  como si de verdad de un domingo se tratara.

No sé si me entienda usted, si le pase como a mí, que también sienta  estos días con  un toque distinto, como si una lentitud añeja se les hubiese sellado y una atmósfera de olvido y añoranza se les escribiera por siempre.

Son días de cierre y comienzo, de balance y nueva agenda, pero sobre todo, son días de pesada reminiscencia.

La vieja casa con sus paredes ahumadas vuelve a mi mente, los pasos cansados de los siempre viejos.  ¿Por qué tendrán la manía de arrastrar los pies quienes ya llegan al cénit de sus vidas? Podrían ir a saltitos ligeros sin postergar tanto cada paso.  Este es también un día para hacerse preguntas sin sentido, como estas que me van surgiendo,   sin ton ni son como solía decir mi madre, quien también se aparece y me ve y yo la siento.

¿Cómo la siento? Los domingos son los días en que solía llamarla con más tiempo, me instalaba a conversar a sabiendas que ni ella ni yo teníamos nada que nos interrumpiera, era modorra compartida, era compañía a distancia, eran susurros los de ella, así como voy susurrando yo por los lugares, ahora que también alcanzo la edad de su precario momento.  Han pasado veinte años de su entierro, un domingo aciago lleno de alivio y desconcierto.  Las enfermedades largas dejan al desnudo las peticiones anormales de quien se sabe ya al final del camino y quien conoce que no hay vuelta atrás, ni esperanza que se acerque.

Vete ya domingo eterno, a cumplir tu inmerecido tormento en otras mentes.

 


 

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