Acudo a la invitación diaria que hace @latino.romano para que escribamos durante cinco minutos, aunque hoy la emoción me hizo llegar a los siete.  Si también quieres participar te invito a leer aquí.

Siempre pasa

En los últimos días ha venido a mi memoria, con cierta frecuencia, la siguiente historia: los primos nos reuníamos en el patio a jugar, corríamos de un lado a otro, éramos policías o ladrones; nos escondíamos para que otro nos encontrara o simplemente nos poníamos a comer guayabas. En el solar de la casa de mi abuela había tres matas. Una de mis primas un año menor solía subirse a tumbarlas y nosotros las atajábamos.

 

Yo tenía prohibido intentar siquiera subirme a cualquier árbol; ella muchas veces subía a solo estarse allí, con cierta arrogancia porque era algo que le estaba permitido.

 

Un día ella subió más alto; el guayabo suele tener los tallos quebradizos. Sentí el crujido e inmediatamente vi cómo se vino rodando entre las ramas, trató de aferrarse a la parte más gruesa, pero se vino resbalando y  cayó de pie.
Con apuro se sacudía  la ropa y repetía “no me pasó nada”, “no me pasó nada”,  hasta que levantó uno de los brazos y se vio que tenía una herida desde la muñeca hasta el codo, en ese momento abrió la boca todo lo que pudo y gritó: “mamáááááá”.

 

No he podido olvidar esta anécdota porque me he dado cuenta que siempre que alguien afirma, que no le ha pasado nada, en cualquier situación donde se haya vuelto inmerso, al final reconoce que sí, internamente,  hay un grito, un lamento, un pesar por lo ocurrido. Sí pasó, siempre pasa.
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