Concurso de escritura – La Edad Media – Fuerza-hispana

Asisto por vez primera al concurso que promueve @fuerza-hispana, puedes leer más aquí. En esta oportunidad corresponde escribir un cuento inspirado en la Edad Media.  Aquí mi participación:

Sin aroma de canela

Corría el año 1420, Elena, una joven de 18 años, nacida en San Asensio, trabajaba junto a doce cocineras más en las propiedades de Don Alonso de la Trinidad.  A la edad de doce años, cuando murió su padre de la caída de un caballo; su madre, por encontrarse también mal de salud, decidió llevarlas a ella y su hermana a la protección de Doña Marina: una mujer que conocía todos los secretos de la cocina, además era muy devota y les llevaría a la iglesia con ella cada día; lo cual se hizo al pie de la letra.  Elena creció formada en ambas lides y con muy buena salud a pesar del frío, tanto físico como humano que rodeó su vida desde entonces.

 

Elena fue buena aprendiz, no le costó adueñarse de todos los secretos culinarios de la época. Sabía guisar y preparar también ricos postres, por lo que se le recomendó para que se incorporara en la celebración de las fiestas de la Virgen de Davalillo en el castillo del mismo nombre en la Rioja. Ya ella tenía varios años en la cocina de Don Alonso y había puesto en práctica lo aprendido en la preparación de las carnes, sobre todo las aves, que este solía cazar y llevar cada mañana. Con ese objetivo le habían pedido que presidiera la comitiva, por lo que con anticipación había preparado las cajas con conservas y demás hiervas para el aderezo que ella conocía.

 

Además de ello, las preparaciones para estas fiestas siempre le emocionaban mucho. Ella guardaba profunda admiración por esta virgen, que desde niña había conocido a través del fervor que le profesaba su tutora, Doña Marina; en esta oportunidad se prepararían algunos bailes para ella y unas procesiones, siempre con el resguardo necesario.

 

El primer día al entrar al Castillo de Davalillo, la atajaron los ojos inexpresivos de un soldado, que estaba en la entrada principal.  Elena sintió que esa mirada se quedaba en ella más del tiempo necesario, hasta que tuvo que bajar la suya, muchas veces.  Eso bastó: en un lenguaje de miradas transcurrió el ir y venir de esos días, mientras ella coordinaba que no faltara nada para la preparación de los diferentes platos. Fueron quince días de diferentes preparaciones para agasajar a cada invitado de las otras comarcas, pero siempre bajo la supervisión insistente de aquel guardia de honor, alto y muy delgado.

 

En algún momento sintió que la mirada tomaba otra forma ya no era tan fría como la había percibido al comienzo, sentía que sus ojos se entornaban ligeramente, como si quisieran decirle algo. Algunas cocineras eran más osadas y se acercaban a los guardias a escondidas y les daban algún trozo de pan del que acababan de preparar; ella mantenía el recato, solo lo miraba. La presencia de este guardia comenzó a meterse en sus sueños día y noche. Se lo imaginó sin ese uniforme, formando a su lado la familia que siempre había querido, quizá le gustaría la comida, que ella prepararía para él cada día; siempre sorprendiéndolo con nuevos sabores y aromas.

 

Un día una de las cocineras le habló al oído y le dijo que en los jardines del puente de San Vicente estaría el guardia. Ella lo asumió como una invitación y entre nervios una vez terminada la faena, se quitó el delantal y se colocó encima una capa de piel, que siempre la protegía del frío y salió con la cabeza bien cubierta. Poco a poco se fue internando entre los jardines del castillo hasta llegar al lugar indicado. Nada le parecía anormal, todo estaba muy solo y sintió miedo, el corazón no le avisaba bien del porqué de sus latidos. Caminó un poco más y detrás de una arboleda vio a Lucrecia, la cocinera que en la mañana le había dicho del lugar, envuelta en caricias y besos con el guardia de su devoción. Estos no se percataron de su presencia dado el sigilo con el que ella había entrado al lugar. Echó hacia atrás como pudo y luego corrió hasta llegar jadeante al castillo.  Obviamente, había interpretado mal lo que le comunicó Lucrecia.

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Pedro, un guardia de ojos azules que siempre la había pretendido sin éxito, fue el primero en encontrarla y le preguntó el motivo de su apuro y ella jadeante le respondió, que la había perseguido un perro furioso. Él la invitó a sentarse unos momentos para que recuperara el aliento y aprovechó para declararle su amor. Elena se mantuvo en silencio, sus pensamientos atolondrados no la dejaban entender lo que estaba pasando. Accedió más por despecho que por otra cosa y cometió así uno de los errores más imperdonables de su vida. Iniciar sin amor una relación.

 

Esa noche se dio cuenta de que apenas tenía trece días en ese lugar, que era imposible que estuviera enamorada de ese guardia del que ni siquiera conocía su nombre, pero total, ella no sabía cómo era ese sentimiento. Se había pasado los años cocinando y asistiendo a la iglesia. Su madre había muerto hacía años y nunca conversaron acerca de este tema. Doña Marina nunca tocó ese tema. De eso no se habla. Esto era algo nuevo y su corazón solo latía al recordar a quien había ocupado su pensamiento todos esos días. Ahora Pedro le invitaba a caminar en la tarde por los alrededores del castillo y ella sentía que esos ojos azules desteñidos no le transmitían nada, pero aun así nunca le dijo nada. Él no tenía la culpa, se dijo, quizá la Virgen de Davalillo le haya acomodado las cosas de esa manera para que enrumbe su destino de esta forma.

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Al volver a su trabajo habitual le presentó a Pedro a Don Alonso, pero este ya lo conocía y tenía buenas referencias de él, por lo que se apresuró a pedir permiso al Obispo para que ellos se casaran, de igual forma, pidió al resto de las cocineras que organizaran el festejo. De manera entusiasta se dedicaron a los preparativos incluyendo a Lucrecia, quien nunca supo lo que había visto Elena aquel día en el jardín,  parecía que no había sido más que un relajo sin importancia para ella, quien mantenía su alegría habitual y ya se había olvidado de lo vivido en esos días en el castillo de Davalillo.

 

Elena se casó con Pedro al finalizar ese año.   Su cocina, antes provocativa y llena de esencias aromáticas, que inundaba todo el entorno con sus emanaciones, que hacía exclamar a las demás cocineras, loas y voces lisonjeras, al igual que a los comensales, que desde tiempos remotos habían degustado sus platos, se volvió sosa y desabrida.

 

La canela en sus manos dejó de perfumar, el orégano perdió esencia y podría decirse que hasta la sal dejó de hacer lo propio. Y es que son los sentimientos quienes dan sabor a la vida. El amor con el que se hacen las cosas da el fulgor e irradia las pasiones para hacer con entusiasmo lo que haya que hacer cada día, en su ausencia nada crece. Su vida doméstica estuvo marcada por la tirantez con el mal humor, que una vez casados, sacó Pedro como estandarte. Cada día surgía un nuevo motivo de incomodidad e inconformidad. Pedro sacudía objetos y lanzaba imprecaciones al viento, amargado se dedicaba a pelear con Elena por todo.  Muy en el fondo, ella conocía bien, el porqué del desastre.

Contenido original creado especialmente para este concurso.

La imagen principal corresponde a un cuadro de mi autoría hecho en óleo, en pequeño formato,  sobre el Castillo de Davalillo en el año 2014,

 


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