Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde. – Reflexiones

 

Un hombre que perdió sus dos piernas a causa de la diabetes se lamentaba de no poder usarlas y decía que con qué gusto caminaría sus extensiones de tierras si tuviese sus piernas sanas, en su momento le parecía mucho y no le provocaba hacerlo, pero ahora que no podía hacerlo extrañaba ese ejercicio.

Así somos siempre, esto no es algo que se produzca solo en quien visiblemente ha perdido algo preciado, también en las demás personas se produce un sentimiento parecido por cosas que no valoraron cuando pudieron hacerlo. Entonces hay un reconocimiento interior por  la pérdida: un amor, un objeto, una despedida, un abrazo o una palabra,  y el vacío que esto deja.

 

Esta cuarentena nos ha mostrado lo que hacíamos y ahora no podemos y en voces agoreras es posible que no lo hagamos más.

Cuando digo voces agoreras me refiero a esos, que agarrados de datos estadísticos, se dedican a pronosticar mayores tragedias y a proponer cambios radicales en nuestros modos de vida.

¿Será cosa del pasado sentarse en unas gradas a ver un partido en vivo de nuestro equipo favorito? ¿Lo será disponernos a comer cotufas y tomar refrescos frente a una inmensa pantalla de cine? ¿Ver clases presenciales con un grupo de compañeros estará prohibido? ¿Podremos volver a ver un desfile? ¿Y qué decir de asistir a las fiestas patronales de un pueblo?

De ser así, eso sí que se llamaría cambio y no los ligeros movimientos de piso a los que asistimos en algún momento, por modificaciones en las prácticas laborales o gobiernos, inclusive una mudanza o la pérdida de un ser querido. Entonces se hablaba de resistencia al cambio.

La manera como hemos asumido este momento, no ha dado tiempo a una toma de decisiones personales, ha sido impuesto un procedimiento considerado por los entendidos como el mejor, muchos no teníamos la idea de que podríamos vivir una situación como la que estamos viviendo.

La única manera de salir airoso de todo esto es adaptándonos a los cambios poniendo en práctica una palabra que se ha escuchado mucho en los últimos días: “reinventar”.

Esto implica dejarnos llevar por la corriente, como cuando nos iban a poner una inyección y nos decían: “flojita, flojita”, una sabia manera de mostrarnos que si nos poníamos rígidos, el dolor iba a ser mayor, tal cual. Si nos ponemos a pelear contra la corriente nada ganaremos y perderemos el sentido común.

Es un buen momento para conocernos y batallar con nuestros propios demonios o en una voz menos agresiva, nuestros distintos modos de estar cada vez. Muchos coincidimos en que uno de los hallazgos más importantes ha sido el de aprender a convivir con uno mismo y enfrentar los miedos. El resultado que de todo esto obtengamos bien valdrá la pena no perder de vista, porque nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde.

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Todas las ilustraciones  fueron elaboradas con el programa Canva.com e imágenes tomadas de Pixabay.

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