Han vuelto a mí los recuerdos de la niñez, cuando no me preocupaba del día a día, me gustaba abstraerme, y utilizaba las muñecas como personajes de mis viajes imaginarios. Una existencia paralela se abría ante mí cada día, solo bastaba que tuviese el momento adecuado para comenzar a crear mi vida imaginaria. Una, donde las maestras eran tiernas, todas las abuelas tenían un canario que se llamaba piolín y las hermanas no se peleaban tanto.

 Mi primer pilar, mi madre

Cuando salía con mi mamá trataba de fijarme bien cómo andaba vestida para que no se me perdiera y cuando se trataba de colas, que podían volverse interminables, solía colocarme al lado de ella,  de manera que un trozo de su falda me pegara del brazo y pudiera darme cuenta cuando se moviera de su sitio, instante para volver a acomodarme o para colocar los pies en tierra.  Mi padre andino, mi madre yaracuyana, dos caracteres muy diferentes, un dictador y una madre.

 

En algún momento supe que lo que yo hacía se le llamaba soñar despierto, creo que la tercera parte de mi vida la llevaba dentro de esa otra realidad. «Despistada o distraída» se volvieron palabras muy escuchadas en mi entorno. Con poca fe en mí, mis padres me llevaron a la escuela a cumplir el rigor que todo niño debe sufrir. Odié la escuela primaria, creo que todavía le tengo bastante aborrecimiento. El liceo no tanto, porque tenía muchas horas libres. Lo que aprendí, lo aprendí bien, lo que no, nunca lo eché de menos, lo que me faltaba lo busqué después por mi cuenta, y aún lo sigo buscando.

Un buen día me enamoré de la lectura; los libros podían explicar con claridad lo que los adultos nunca decían y mi afición a soñar consiguió allí su espacio, con nuevos personajes, nuevos escenarios, tramas y conflictos que dieron a mi vida la sensación de que había algo más en qué pensar. La rigidez de la crianza y el mundo de los libros me convirtieron en alguien diferente, “circunspecta” llegué a escuchar que me decían (ya en la etapa adulta).

Solo un venezolano entiende el porqué de una fotografía al lado de una torre de papel higiénico.
Sea de la manera que cada quien sea, el mundo es amplio y diverso también, así que pude conformar una familia. La familia; esa que tiene sentido completo, la que dibujé en mis tiempos de idealización novelesca, la que ambicioné, con entornos de paz y risas a granel. Mis muñecos representaban seis hijos, pero tuve realmente cuatro, no dibujé un esposo fiel, así que no lo tuve, aunque esperé que se “acomodara” en algún momento, no lo hizo y un día pensé que era buena hora de darle una patada al arpa. La vida continuó con su ensayo y error, así se llaman a algunos experimentos. En algún momento salen buenos.

 

Paralelo a esto construí mi vida laboral.  Tuve la suerte de tener un personal directivo que creía en mí y mis desbordes creativos. Me dejaron hacer y pude pasar más de 25 años de docencia, a nivel de media, diversificada y universitaria, donde no fue un trabajo, porque lo disfruté tanto, que atesoro de esa época un sinfín de anécdotas y experiencias muy reconfortantes. Aún mantengo el intercambio de libros con muchos de quienes fueron mis estudiantes, ahora amigos en las redes.

Me gusta, hago este balance y me llena. Dios me vio bonito y creyó en mí al darme la familia y los amigos que me dio y me sigue dando a través de estas redes. Ha sido bueno, ha sido justo.

 

Desde un tiempo donde me dedicaba a soñar despierta y confiaba mi tranquilidad al trozo de tela de la falda de mi madre, a este donde vuelvo a darme cuenta de que nada de lo que pase depende de mí, es una vuelta completa. Siento que vuelvo al mismo sitio. Leo libros, veo películas, trazo líneas, escribo, intento algunos dibujos, hago por inercia las mismas tareas domésticas de siempre y espero. No me toca sino estar y esperar.

 

He descubierto la vulnerabilidad, la incertidumbre, la duda entre el preocuparse y dejarse llevar; lo incierto de la planificación, lo certero de la expresión “nunca digas de esta agua no beberé” y sin proponérmelo vuelvo a abstraerme, vuelvo a soñar.

Ahora con la compañía de mis amigos de Hive, intento retomar la fe en la Blockchain, hacer el juego que intenté aprender. No lo veo como el océano, porque aquí es necesario pisar tierra firme, con dos años en este tipo de plataforma aún mantengo la visión de aprendiz y a lo venezolano digo : “como vaya viniendo, vamos viendo” y de la mano de #Club12, vamos por más.

 

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