Me dijeron que le gusta el aroma del café – Cuento

Lucía no era muy dada a recibir visitas, salvo una u otra amiga, quienes ya habían traspasado su fría pared de exigencias, se reunían en la casa de alguna para arreglarse el cabello o pintarse las uñas, de resto prefería encontrarse con ellas en otros sitios que favorecieran una buena conversación, eso sí lo disfrutaba ampliamente.

 

Un día, conoció a una joven en un consultorio médico, de inmediato se estableció entre ambas un cálido clima de cordialidad, entre confidencias y anécdotas, hicieron menos pesada la espera. Coincidieron en la siguiente cita y aprovecharon para intercambiar sus respectivos números de teléfono. Era muy agradable conversar con Rebeca, que así se llamaba, su trato sereno y palabra impecable la mostraba como una persona educada y cordial, algo que siempre había valorado; la agregó a su lista en la red social, por lo que pudo ver al resto de sus hermanas, y familiares, sin embargo, le comenzó a extrañar el desenfado con el que escribía sobre algunos tópicos espeluznantes: visiones, fantasmas, delirios persecutorios, incluso el tema del suicidio lo abordaba con audacia.


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Lucía se preocupó, entre sus fobias recurrentes estaba el temor que desde niña tenía a las personas que demostraban algún tipo de insania. Solía cruzar la acera para evitar encuentros desagradables con ellos, no, definitivamente no quería nada con locos, por eso vivía sola.

 

El tiempo transcurrió y un día coincidieron en la entrada de un banco. Conversaron mucho nuevamente. Rebeca le comentó que había tenido muchos problemas de salud, con tratamiento psiquiátrico inclusive, ya estaba bien, pero había sido muy difícil su recuperación. Lucía le aconsejó y quedaron en verse próximamente.

 

Un día recibió un mensaje de texto, donde la recién amiga le decía, que iría a visitarla esa tarde y le llevaría un obsequio que sabía le iba a encantar. La idea no le desagradó, compró unos dulces y se dispuso a una buena tarde de amena plática. Aproximadamente a las seis llegó Rebeca, se le veía eufórica. “Le traje un detallito, espero le guste” dijo al entrar. Un abrazo apretado y luego tres horas de charla que se consumieron sin que se dieran cuenta. “Debo irme, se me hace tarde” dijo la joven y abrió su bolso del cual sacó un libro, “he aprovechado para devolvérselo, dentro está su regalo”. Lucía abrió el libro con curiosidad y se encontró con un envoltorio brillante platinado que decía Café Arauca, aún conservaba el aroma conocido, estaba vacío. Ese día conoció el significado de la palabra perplejidad, atónita se enderezó en la silla, musitó un “gracias” que sonó desinflado, miró expectante a su nueva amiga, esta le dijo con alegría: “Me dijeron que le gusta el aroma del café”.

 

Rebeca se fue, igual que la fragancia, dejando la risa fácil, la ocurrencia, el enigma, los viajes imaginarios, las torpezas masculinas, los azares femeninos, las historias de heroínas, los anhelos, la ilusión del amor, las sombras, los pesares, y la vida que se escurre en palabras que no todos comprenden.

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