Escribir me tocó a mí en esta vida. Quizá le recuerde una canción pero con la expresión, sufrir, pero no, la escritura no es sufrimiento.

 

No recuerdo desde cuándo la escritura se me volvió una manera de sobrevivir (¿debería decir escribidera? Seguro que suena mal y me caería alguna crítica), y digo así porque los primeros panfletos, cartas, y textos escritos los hice para defenderme. Ahora que recuerdo, mi papá escribía cartas, que luego no enviaba, porque se arrepentía a última hora; eran otros tiempos, y a mí se me sembró la necesidad de quejarme por escrito, como una manera de autodefensa, de exponer mi punto de vista, de dejar sentada la última palabra y también de hacer el ridículo, porque esto no es algo que la gente suele hacer y quienes sí lo hacemos pasamos a ser un poco excéntricos.

Todo esto tiene un antecedente, que es el hecho de que en buena parte de mi vida fui prácticamente muda, “es que ella es tímida” justificaban los adultos, pero realmente no tenía nada que decir; no entendía el sentido de las preguntas que me hacían los mayores, no sabía qué responder, y hasta el simple saludo era una tortura, y como la consigna era: “cuando los adultos hablen usted se calla” y estos hablaban siempre; pude estar en silencio mi infancia y parte de la adolescencia, pero la necesidad de expresarme comenzó a nacer.

 

En el liceo conocí una asignatura llamada “taquigrafía” que la dictaba un profesor de apellido Arjona, fue el mejor docente que conocí en esa etapa, no se imaginó nunca el regalo que me dio: la posibilidad de escribir mis ideas con garabatos que solo podía entender yo. Comencé allí a realizar mi diario personal con esa peculiaridad, que le dio el carácter íntimo que requería. Creo que la mayor desgracia, para quien lleva un diario, es que alguien se lo consiga y se entere de todos sus secretos.

La escritura tiene como función primordial permitirnos expresar todo aquello que deseamos, es un vehículo de comunicación que no es solamente individual, por lo que el intercambio en la misma es necesario y eso lo asumí por completo; dejar por escrito mi sentir en un informe, para asuntos formales; cartas para aspectos más personales y con el tiempo correos electrónicos, fue algo que usé (y uso todavía a conveniencia), cada vez que sentí que debía dejar constancia de mi punto de vista.

 

Hace años por inspiración poética quise expresar mi mundo. Le hice dos blogs a un individuo, ni siquiera fue uno, sino dos, y el personaje ante mi insistencia para que leyera, contestó “gentilmente”, que no iba a leer porque yo quisiera. Esto me mostró una realidad: cada quien va a leer lo que tenga que ver con sus intereses, nadie puede imponerse a través de las letras y la pasión por la escritura no muere por agentes externos, así que seguí escribiendo.

 

Entonces el universo, me leyó y me puso al frente de esta blockchain llamada Steemit, donde escribo y recibo espontáneos mensajes de apoyo los cuales retribuyo de la misma manera. Es el lugar idóneo para conseguir lectores y conocer personas que están picados por el mismo gusanillo de la producción escrita. Definitivamente, la vida es bella.
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