Ante tu fotografía – Relato

Un día consigues una fotografía  de cuando tenías 5 años.  Tu madre la conservaba con orgullo, la mostró en algún  reencuentro con la familia o amigas, en aquellas largas tardes, cuando no se terminaban de ir los tíos y a cada uno había que pedirles la bendición.   “Mira qué grande tenía los ojos”, o, “qué largo y oscuro tenía el cabello», decía alguno; tú no le habías prestado atención, la habías visto alguna vez y solo se te había ocurrido reclamarle a tu madre por ese absurdo corte de cabello, que se empeñó en hacértelo llevar  hasta bien entrada la adolescencia y que causó esa risita incómoda de la profesora de inglés; sí, tú sabías bien que había sido a causa de tu peinado, cuando te levantaste de tu asiento y respondiste “presenticher”.

 

Ahora, al pasar las páginas de un libro, lo primero que salta a tu vista es esa imagen.  Hoy sí la detallas y por  primera vez te detienes en tu mirada infantil, te veías contento, un brillo, cierta picardía en tu gesto: eras feliz. Fuiste un niño feliz. Te lo repites, es la primera vez que te cercioras de que la felicidad estuvo en tu vida y fue capaz de sacar ese gesto triunfal en ti, propio del niño que se sabe amado.

 

Otra mirada atenta te hace recordar que eso fue antes de que tus padres tuvieran que mudarse de esa ciudad.  Aún no habías conocido a los primos de la capital, no te habían escondido en el cuarto de los muertos, como llamaban a esa habitación donde los tíos mantenían  fotografías y velas encendidas; sus  rostros rígidos te causaban miedo,  y aprediste a temerle a la oscuridad, solo por ese juego, cuya penitencia era entrar a esa habitación.  Tu madre te había advertido que no pasaba nada malo ahí, que eran los abuelos y unas tías a quienes se les alumbraba el camino.  Nunca entendiste ese viaje.

Tus manos están relajadas, sostienes una pelota playera, igual que aquella a la que le clavaste un alfiler y después quisiste culpar al gato, pero te descubrieron. Tu hermana nunca se olvidó de eso.  Tu boca intenta forzar una sonrisa, innecesaria, porque ya sonríes por dentro. Aún no has recibido los besos mezquinos, ni has dado los tuyos, esos besos gemelos que aprendiste a dar en bocas distintas, en historias paralelas.

 

Un intento de amargura se quiere apoderar de tu ánimo, han comenzado a desfilar por tu mente diferentes momentos funestos, cuánto dolieron.  No sabías entonces todo lo que te tocaría transitar, conocer y perder, sobre todo perder.

 

Ahora que tu edad se disparó sin freno, dices que no te arrepientes de lo hecho, sin embargo tu garganta lo siente diferente, se aprieta, se calienta y le cuesta tragar, los ojos se confabulan con este plan acuoso y te es difícil mantenerte fuerte.

 

No pensaste que una simple fotografía en blanco y negro, borrosa, gastada por las orillas, tuviera el poder de derribar tu pedestal de naipes.

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