La condición docente, hoy – Reflexión

Un inmenso malestar se ha generado en nuestro país por la mala ocurrencia del ente gubernamental de crear un programa de formación, en tiempo record, para un contingente de aprendices que asumirían la delicadísima responsabilidad que significa atender un aula.

La idea es descabellada por donde se le mire y subyace bajo esta iniciativa, varias premisas: no existe valoración a la carrera del docente, (eso ya es obvio, si nos atenemos al pago que recibe el educador graduado y con estudios de postgrado), los ideólogos, no son docentes o no tienen una formación académica aceptable.  Quienes envían a este grupo de jóvenes a asumir las aulas, desconocen la naturaleza del ser humano y el daño psicológico y moral al que los exponen y el perjuicio inequívoco al que se somete al alumnado.

 

Hay quien justifica esta medida alegando, que hace mucho tiempo los bachilleres asumían la educación primaria.  Eso es cierto, pero ese egresado había seleccionado estudiar lo que se llamaba la Educación Normal, que era un bachillerato donde se capacitaba al estudiante para ser educador.  Salía egresado como maestro normalista, que luego podría seguir estudiando en un pedagógico y obtener además el título de profesor en alguna área.  Es de hacer notar que el perfil del egresado era el adecuado para trabajar con niños, se formaba para ello y a esto se sumaba la vocación.

 

No niego, la posibilidad cierta de que dentro de este grupo de jóvenes, que hoy reciben un entrenamiento rápido para ser “maestros” o “profesores”, no exista alguien con las condiciones adecuadas para ejercerlo y que realice ese trabajo con abnegación y empeño y me gustaría imaginarme que son muchos quienes asumirían esta tarea con responsabilidad, sin embargo, recuerdo ese noviciado que pagamos todos quienes nos iniciamos en esta labor, y que en estas condiciones podría ser realmente perverso.  Ojalá tengan éxito por los niños, y por ellos mismos.

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Quizá algún lector perciba en mí una pasividad o una ecuanimidad para plantear esto, (que es realmente un desatino),  hasta con  ánimo esperanzador.  No, solo es una estrategia de paciencia para no someter mis emociones a más maltrato.  Mi actitud es benevolente porque estos jóvenes también están tratando de encontrar qué hacer en un contexto cada vez más agobiante.

Me gustaría recomendarles a estos jóvenes, que están destinados a conocer una de las profesiones más hermosas que existen, entre otras cosas:

Que se empeñen en aprender y traten de instalar en los niños la curiosidad y la satisfacción por el aprendizaje: dos elementos que no están presentes hoy en día en muchos estudiantes.

Que van a conocer junto al cansancio propio de la jornada, lo que significa llevarse en el corazón, los ojos y la piel de los niños que tienen enfermedades o problemas de desnutrición y eso les va a quitar el sueño.

Que van a desear convertirse en heroínas o súper héroes para resolver la cantidad de problemas con los que se van a encontrar.

Que van a sentirse satisfechos al terminar la jornada con la despedida y los ojitos emocionados de los niños, que se van contentos por lo aprendido.

Que van a aprender a ver la vida de distinta manera, que ningún día se parece al otro, que no existen normas rígidas para aplicar, que la conversación personal es un regalo, que cada niño es diferente, y que si pueden darles espacios amables de aprendizaje o por lo menos no hacerles más penosa la jornada, podrían estar realmente preparados para llevar con orgullo el nombre de maestros.

Que se enamoren de la lectura para que puedan incentivar el hábito lector, que estudien y se preparen más allá de la jornada instructiva para que conformen en sí mismos un individuo con apego al aprendizaje.

Que estudien las nuevas teorías de enseñanza y aprendizaje.

Que se asesoren y ven en el estudio constante la única forma de hacerse personas útiles.

Que se motiven a leer sobre psicología evolutiva y filosofía de la educación.

Que la única manera de sobrellevar el día a día en una escuela es con vocación y entrega y esto no se aprende en jornadas ni talleres.

A los padres y representantes que se conviertan en aliados de estos jóvenes y les garanticen condiciones dignas de intercambio humano y al ente encargado que reivindique al docente, formado y capacitado para ejercer tan compleja tarea, porque se lo merece.


No perdamos la fe, al final del camino volvemos a encontrarnos.


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