Hoy el tiempo se me ha hecho muy corto para la producción en cinco minutos, que día a día propone @latino.romano.

Desde niño escuchó decir que las hojas de los árboles podían hablar, solía subirse a los mismos y estarse mucho rato sentado tratando de descifrar mensajes secretos. Esto se le volvió tan agradable que cada vez que llegaba del colegio, luego del almuerzo, subía a refrescarse y extasiarse con sus voces ocultas, y aprendió a construir diálogos en los que el aire silbaba historias, los pájaros componían canciones y las hojas guardaban los secretos de todos.

El tiempo pasó y esos juegos de la niñez quedaron atrás.  La vida en sociedad lo atrapó y pasó todos sus años entregado al trabajo y el mantenimiento de su hogar.  Ahora ya sus hijos eran hombres y mujeres y habían dejado el nido hace tiempo.  Su esposa había muerto el año pasado; para no aburrirse se iba a la plaza del pueblo que le quedaba a una cuadra de su casa a rastrillas las hojas muertas.

Entonces volvió a su memoria ese diálogo interior que había aprendido desde niño. Las hojas rastrilladas en promontorio eran como voces huecas que le daban mensajes; se quedaba mucho rato amontonándolas y  escuchándolas para luego irse a su casa con un tema nuevo: una historia que escribiría o  retazos de palabras para hacerles sus poemas a la tierra, su musa de siempre.

 

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