De fogón a fogón

Conocí el fogón en mi niñez, alrededor de los siete años cuando mis padres dejaron Caracas y decidieron continuar su historia en Maracay, la Ciudad Jardín.

 

Recuerdo bien, que en la mañana se metía por la pequeña ventana un humo acompañado de sol que nos despertaba a todos. Cuando salíamos ya mi abuela había hecho guarapo, (así se llama al café bastante diluido y que podíamos tomar los niños) y tenía montada las arepas. Nos daban a cada una tacita de peltre con un pan duro llamado “butaque”. No he podido conseguir imágenes de este pan, pero he leído que su receta es del estado Carabobo, creo que aún lo elaboran en algunos sitios, su forma parece la de una butaca, de ahí su nombre.

 

Correr por el patio y sentir el olor de la leña quemándose era algo común, así como tomar el agua de tinaja. Dos recuerdos que me gustan porque evocan el calor de hogar con la familia materna, que fue la que conocí. En casa de mis padres también se utilizó el fogón para hacer las arepas. Esto era un proceso que iniciaba con la tarea de salcochar el maíz, molerlo, amasar, darle forma a cada arepa y finalmente colocar encima de un budare y darle vueltas con frecuencias para que no se quemaran.
Como recuerdos, bien resguardados en la memoria, donde voluntariamente acudimos para desempolvarlos y escoger los más agradables y narrar esas vivencias y añoranzas me parece extraordinario. Ir de visita al campo y disfrutar de un hervido o sancocho hecho en leña, un pescado frito, unas cachapas o un dulce de lechosa elaborado en fogón también es muy placentero. No cabe duda de que la comida adquiere un sabor característico delicioso. Pero que la “vida” te vuelva a poner en la necesidad de preparar los alimentos con la manera rudimentaria ya superada por los adelantos, implementos y evolución de los combustibles, y haya que volver a la forma primitiva del uso de la leña es un exabrupto en todos los sentidos.

 

El tiempo que requiere elaborar una comida con este método se triplica, desde la obtención de la leña adecuada, la preparación de la candela, el atizado, la precaución para no ocasionar accidentes, entre otros, y luego la limpieza correcta para eliminar el tizne, de los calderos y ollas utilizados, es un trabajo que hecho ocasionalmente es admisible, pero cuando es lo cotidiano significa un desgaste anímico para quienes están sujetos a ese método arcaico y deben además cumplir con sus obligaciones laborales.

 

Está claro que el problema no es el fogón, como no lo es el sofá en el trillado ejemplo de la infidelidad. Que inclusive existe una valoración positiva por el mismo, con muestras de orgullo inclusive, pero existen razones que nos llevan a considerar que no debemos resignarnos a la pérdida de los adelantos y comodidades que en algún momento tuvimos; que no es normal esta manera de estar, por lo que no debemos acostumbrarnos y que merecemos vivir en condiciones dignas.
Se vive, se agradece, se aprende, se sueña, se reflexiona y se actúa.

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